lunes, 24 de septiembre de 2012

Diez cosas de todo verano


Creo que hay pocas cosas que me gusten menos que madrugar un lunes con demasiadas nubes en el cielo. Creo que hay pocas cosas que me gusten menos que madrugar un lunes,dejémoslo ahí. Pero ver cómo el Sr. Otoño empieza a saludar desde bien temprano no me anima ese madrugón en absoluto. Con el Señorito Verano sí, una se despierta, ve un cielo azul y un simple vestido en el armario. Sandalias y nada de maquillaje. Y si tienes la suerte de disfrutar de eso que llaman jornada intensiva, aunque sea un mes, el levantarse cada mañana es más llevadero. 

Ayer ya llovió. Fue improvisado, tanto que a mi tía y a mi nos pilló en pleno paseo de tarde. No me gustó en absoluto, yo quiero vivir en un eterno verano. Sin todo el calor de julio y agosto, puestos a pedir. Pensando en las cosas que se acabarán en un par de semanas (aunque otras que lleguen me emocionen, como mi nueva bufanda), voy a echar de menos: 

1. Acabar la ducha con agua fría. Dicen los expertos y la gente que se cuida que lo mejor es acabar los baños con agua fría. Para el cabello, porque cierra bien las puntas y capilares (o no se qué), y para la piel, porque activa la circulación y, por ende, ayuda en la lucha contra la celulitis. Yo sólo soy capaz de hacerlo en verano, que me pongo seria y lo intento cada día. Pero ni con la calefacción que ponen en mi casa a partir de octubre (que todos sabemos daría para celebrar una fiesta hawaina en pleno febrero), me convencen para exportar esta práctica fuera de la estación playera. 

2. Salir a la calle con el pelo mojado sin que parezca que no has tenido tiempo de secarlo y eres un desastre al que tu cuero cabelludo no le importa; sino que vas así porque quieres, y porque te apuntas a la tendencia piscinera que sólo aparece en verano. Además, no triunfa nunca, pero nos da libertad a las que no nos apetece peinarnos nunca, y menos cuando hace calor y el secador se hace (aún) más insoportable. 

3. Que mi padre arregle la terraza, con su mesa y sillas de verano, mi madre ponga un par de plantas y se pueda desayunar en ella los fines de semana. Incluso organizar cenas de picoteo en ella, con familia o amigos. Teniendo la suerte además, de no ser un lugar muy transitado por mosquitos y demás compañeros de especie. 

4. Las cerezas. Adoro la manzana, pero llenar un cubo con ellas y comerlas a modo de pipas, no tiene comparación. La manzana es algo rápido, es fruta de Otoño (al que estamos dando la supuesta "bienvenida"); las cerezas son la alegría del verano, flotando en el agua esperando a ser pescadas. 

5. Las cenas a base de helado. Por mucha culpabilidad que te entre, ¿no es genial cuando dedicas toda una cena a una tarrina de straciatella y dulce de leche? ¿O vainilla con coockies? ¿Chocolate brownie? ¿Yogurt con arándanos? Y por qué no, ¿un granizado de limón? 

6. Doblar los jeans largos y olvidarlos. Aumentar, por tanto, la colección de shorts. No saber ya lo que son las medias y los leggins se quedan para la sala del gimnasio, exclusivamente. Sólo te preocupa que la ropa interior no se transparente con ese vestido nuevo, porque cada vez te apuntas a los tejidos más ligeros. Y como mucho, piensas en conjuntar el bolso. Ni guantes, ni bufanda, ni sombrero y ¡olvidas hasta los calcetines!. 

7. Y respecto a cosmética, también simplificas. El after sun se convierte en la colonia del verano sin más. Sólo cuando vas a trabajar te echas un par de gotas de perfume en el cuello, por el qué dirán. Eso sí, una fragancia mucho más fresquita. 

8. Las gafas de sol se convierten en el imprescindible, y el abanico nunca abandona el bolso, por si acaso. Y eres capaz de ir utilizando ambos toda una noche, por muy ridícula que piensen que vayas. Estás de verano. 

9. Terminar de cenar y que aún entre luz por la ventana. Por mucho que algunos digan que les descoloca, a mi me encanta ver cómo se esconde el Sol cuando ya estoy tirada tranquilamente en casa. 

10. Y sobre todo, que desaparece esa pereza para salir de casa y, que en mi caso, viene adquiriendo valores insostenibles desde hace un año. Ver cómo las nueve de la noche no te parece tan tarde para que surja un plan, o quedar después de cenar para ir a tomar algo, aunque ya tuvieses puesto el pijama. Las calles repletas y el ritmo parece que se ralentiza. Al menos, espero ser capaz de sostener este punto, no sólo en Otoño, sino cuando Mr. Invierno llegue. Que llegará para mi en principio, con más tiempo libre. 

1 comentarios:

Pilar dijo...

Respecto al abanico no te preocupes es sólo cuestión de tiempo, ya verás como podrás utilizarlo en pleno invierno, jaja.