lunes, 23 de julio de 2012

Conversaciones incómodas

Conversar no me resulta incómodo nunca. Todos conocemos mi facilidad de no cerrar la boca cuando me animo, aunque intento poner remedio. Y últimamente he de reconocer que me animo cada vez menos. Hasta yo me doy cuenta. Pero hay veces que algunas conversaciones, no es que se vuelvan incómodas, sino que empiezan siéndolo desde el principio. No por su contenido, sino por el lugar donde se mantienen: el servicio.

Cuando mi hermano era pequeño (Mario, siento la confesión) me pedía muchas veces que le acompañase al cuarto de baño y me sentase "a darle conversación". Mientras él se duchaba yo me quedaba al otro lado de la cortina para que no se aburriese, aunque con la edad que teníamos los temas no debían ser muy profundos. Pero en un cuarto de baño generalmente hay cosas más importantes a las que atender. También es muy típica mi práctica habitual de seguir hablando con las mujeres con las que entro a un servicio público, por simple coincidencia en nuestras necesidades fisiológicas, no por gusto os lo aseguro. Entrar en un retrete de uso generalizado está en mi lista de lugares a evitar incluso en un bombardeo nuclear super destructivo, (creo que todos son mortales, ahora que lo pienso). Os podría enumerar algunos de los que recuerdo y que me hacen querer dejar la mente en blanco toda la mañana. Pero la existencia de más personas en ellos a mí me suele dar igual, mi conversación no se interrumpe porque yo tenga que estar a otras cosas, (dependiendo qué cosas, hablamos de "visitas rápidas" y no "de las que se alargan").

Este tipo de visitas comunitarias a los cuartos de baño se hacen cuando existe confianza. Yo no voy con un cualquiera, y menos le sigo prestando atención. Hasta que no vas con nadie, sino que te encuentras con alguien. Y además, tienes que saludar. Ahí empieza una conversación incómoda, no por su contenido, sino porque no sabes ni cómo conseguir hacerle ver a esa persona que tú has ido a un servicio con prisa porque tienes una necesidad, más o menos urgente, y no estás como para actualizar ese tema que quedaba pendiente. Ellos no lo entienden. Te quedas parada delante de la puerta del WC (menos mal que las chicas tenemos espacios individualizados, no me quiero imaginar en el caso de un hombre), sin saber si poner la mano en el manillar, encender la luz, hacer amago de entrar o mirarte al espejo para ahorrar tiempo. Te planteas incluso lavarte las manos antes, la tertulia parece infinita. Pero ahí sigue ella, dándote de qué hablar. Tus respuestas empiezan a ser más cortas y después de un rato ya sólo te ríes. Una risa nerviosa que denota que ahora sí, necesitas cierta intimidad. Son estos momentos los que me cierran la boca.

Pero parece ser que la sutileza en estas personas no tiene efecto alguno. Ellas siguen ahí haciéndote preguntas y encadenando una frase tras otra mientras tú has decidido callarte para que entienda lo que está pasando. Y cuando por fin parece que ha terminado de restregar el papel por sus manos, empieza a mirarse los dientes en el espejo. ¿Es que no piensa acabar nunca? Abres tu boca para decir un largo bueeeeeeeenoelemento internacionalmente utilizado para cerrar una conversación o parte de ella. Pero nada, en su monólogo se ha vuelto sorda y tú sigues fortaleciendo los abdominales. Escondes medio cuerpo tras la puerta y miras con deseo al sanitario. El momento lo exige y entras, sin escucharla siquiera. Maldiciendo no haber esperado en tu mesa cinco minutos más. 

Aunque haberlo hecho quizás hubiese sido un remedio aún peor, sobre todo cuando te cruzas en la salida con una compañera que hace un par de días tuvo a bien darte conversación en medio del proceso de eliminación de toxinas. ¿Vergüenza por su parte? Ninguna. Ella tenía que resolver una duda legal, yo una posible explosión interna y lo suyo era prioritario. Como mi hermano y yo de pequeños, manteniendo una conversación a través de la puerta, en plena oficina. Eso no es una conversación incómoda, es un auténtica violación del espacio privado. Y es que la gente no entiende que hay ciertos momentos de la vida a los que no están invitados. 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que nadie entiende las cosas, que una no va al baño porque si, y si por necesidad, sobre todo cuando el cuerpo te lo pide. A esa gente le gritaría, quiero cagar

Marta dijo...

Más yo que si no es "imperioso" ni entro...

Anónimo dijo...

Hay momentos en los que la concentración debe ser máxima... y el WC debe ser un lugar de recogimiento. Estoy contigo, a charlar al parlamento!!
Besotes. Herme

Isa dijo...

Jejejejejejejejeje

Pilar dijo...

¡Ay qué joderse, ni cagar a gusto te dejan!