miércoles, 28 de marzo de 2012

Los mosquitos me aman


Además de mucha gente, los mosquitos y sus compañeros de especie me adoran. Soy atractiva para ellos. Y no lo digo yo, sino las diecisiete picaduras que se reparte por mi cuerpo como recuento final. Algunas ya son cicatrices. Sí, señalada me han dejado estos vecinos bonaerenses. Sabía de su existencia, son famosos por su persistencia durante el bochornoso calor de la ciudad. Tan pegajosos son ellos como la humedad del clima veraniego. Y eso que no estamos hablando de un país tropical, lo que me hace replantearme futuras visitas a lugares más cercanos al Ecuador; no sé si mi cuerpo permitiría tanto.

Las del tobillo son horribles, además de que creo sufrir algún tipo de alergia. Primero sale la picadura, después un sarpullido lleno de granitos alrededor y, por último, se me hincha la citada articulación. La pierna contabilizaba ya, con estas dos, unas diez señales de ataque. ¿Solución? Pantalones largos. ¿La decisión de estos insectos infernales? Atacarme en los brazos, porque cubrírmelos con estas temperaturas podría producirme un sarampión directamente. Y no sé qué puede ser peor. Sólo con posarse ya me marcaron. Tres veces, en dos minutos. ¿Solución? No ir más al parque. ¿Y qué hicieron ellos? Sorprenderme. Aún más.

Cuando ya contabilizaba más de diez ataques y el picor comenzaba a remitir en la mitad de ellos, descubrí la picadura con mayúsculas. LA PICADURA. En la ducha, enjabonándome. Con inocencia. ¿Adivináis cuál fue su objetivo? Pues sí, ese lugar que muchos chicos tocan sin permiso haciéndose los tontos, como si su mano pasase por ahí en la discoteca. Menos mal que algunas como yo, no pasan ni ese inocente toque en el culo. Porque no los hay inocentes ahí, ni siquiera el que me dio el mosquito que me marcó. Ahí acabó toda mi tolerancia al mundo animal. Y punto.

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