domingo, 4 de marzo de 2012

La invención de Hugo

Obra maestra es lo que dijo de ella James Cameron tras un pase privado que le regaló el propio Marty. Y es que, si el director norteamericano te invita a su casa y te confía la primera opinión, entras en su círculo de confianza y pasas del oficial Martin Scorsese al cercano "Marty", como dicen que le llaman durante los rodajes. A pesar de la calificación, me negaba a pensar que La invención de Hugo fuese realmente una gran película, como muchos críticos han reconocido. Incluso que Marty se llevaría, de nuevo, el Oscar a Mejor Director. Otra vez él, ¡qué manía de monopolizar el premio! Sin embargo, la semana pasada acudí al cine a verla: gafas de 3D en mano, que pocas películas tienen el honor de tal gasto económico, cubo de palomitas y dispuesta a ver qué pasaba. Tuve que darles la razón.
Ambientada en el París de 1930, La invención de Hugo cuenta una historia familiar nada normal. En mi opinión, no se trata de la familia de Hugo que, en definitiva, era su padre. Ni la historia de Isabelle, del mismo modo un poco perdida. No. La familia de la que habla este film es más peculiar todavía. Un guarda de seguridad, una tendera que prepara las flores con esmero, un anciano vendedor de juguetes, (¡olé, Sir Kingsley!). Todos pasan su vida en la estación de tren que ha construido Scorsese para la ocasión, de una forma mágica. Y es esta familia precisamente la que nos cuenta su historia y ayuda aHugo a superponer la suya propia. Y la del cine, que también tiene algo que decir. 

Lectura obligada en los colegios progresistas de Brooklyn, el concepto del filmnos lleva a centrarnos en el mundo visto desde los más pequeños. Desde la perspectiva de un huérfano que no lo ha perdido todo, pues conserva la ilusión por un secreto que le esconde la vida y que, cuando llegue, le encenderá todas las luces de ese oscuro pasillo que tiene por delante. Con una estética, montaje y efectos justamente premiados, no te das cuenta ni de las gafas que llevas puestas. Has llegado a la estación y estás dentro de las calles de París:esa es la sensación. Nadie te parece realmente un malvado y no sabes muy bien quién es el héroe. Todos cuentan. Es quizás por eso que dicen que es una fábula. El argumento ya os lo sabéis: un niño huérfano que trata de arreglar un enigmático juguete al que empezó a dar vida junto a su padre, mientras se esconde del guarda de una estación de tren, quien a su vez se esconde detrás de un amor que guarda en secreto, y que es observado por el viejo vendedor de juguetes, quien también se esconde de su pasado, con una nieta que esconde sin saberlo una voluntad de aventura que yo al menos, tuve una vez. Y que creo, conservo.

Scorsese debería contratar a su propia nieta como consejera. Dicen que, con once años, fue quien le regaló el libro que da luz a esta película con la excusa de poder disfrutar también ella de una de sus historias en la pantalla. Y es que quizás esta niña ya sabía lo bueno que es su abuelo en lo suyo, antes incluso que el propio Ben Kingsley que, con sus 89 años, le confesó: "probablemente tengo más títulos de crédito que ningún otro actor vivo o eso me han dicho. Pero siempre me ha parecido que mi carrera no estaría completa del todo al menos que hiciese una película contigo". Estoy de acuerdo y ahora sí, daría mi permiso para otro Oscar bien merecido. 


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