lunes, 5 de diciembre de 2011

Lo que aprendí en la graduación

Odio a la Decana, abierta y públicamente. Lo admito. En realidad, odio todo personaje de la URJC relacionado con la nefasta gestión que han mantenido durante los años en los que he sido alumna. No han podido hacerlo peor. O quizás sí, y yo no me lo quiero ni imaginar.

Aún así, escuché a la Decana al menos, en dos afirmaciones. Lo primero que nos aconsejó fue ser fan de nosotros mismos. Dentro de una sociedad gobernada por las redes sociales, no extraña que su Ilustrísima quisiera hacernos entender que la confianza y el amor propio debe ser el centro fundamental de nuestros movimientos. Pero como docente que es, buscó la forma más clara de entendimiento. Has de gustarte a tí mismo, has de ser el fan que se coloca en primera fila a gritar como un loco: fan en facebook. La complicación que yo encuentro es llegar a ese punto en el que ves que eres genial, y que no quieres ser otra. Que aún estando en construcción, te gusta el resultado que se vislumbra.


La segunda afirmación fue, en mi caso, más contundente. No la recuerdo literalmente, pero decía algo así: no dejes que nadie te ponga límites. En unos meses preguntadme si fue un error dejar que alguien, o yo misma, me los pusiese. Ese límite aparecía y tú simplemente mirabas, sabiendo que te frustaba y que no iba a ser bueno, sin mover un dedo por echar abajo esa pared. Pero insisto, la pregunta, en unos meses.

He aprendido además, que tu familia acude si la llamas, ya sea con su presencia, en forma de email o con su ilusión de diseñar un bolso estupendo. Que los reconocimientos llegan, sean vagos o efusivos, y que te sorprenden aquellos que no habrías esperado: un grito tonto mientras subes a que te impongan la beca o las palabras que cruzas con la madre de una compañera en medio de unas cañas. Se quedarán contigo.

Que hay vestidos que nunca deberían haber salido de los bocetos de papel, insulto a la vista. Que la elegancia se enseña más con el carácter y el saber estar, que con la ropa que llevas. Y yo la perdí, si es que tenía alguna, silbando como una camionera a mis compañeros. Y que puede ser verdad que exista algún tipo de 
karma mundial que, en el momento de la verdad, te demuestre que así no debería haber sido. Pongamos que hablo de un discurso.






4 comentarios:

Anónimo dijo...

No hable usted de elegancia con ese bolso, desde mi torre de marfil lo digo!

Marta dijo...

No has firmado tu comentario, pero tu torre de marfil te delata...Jota...

Carmela dijo...

Sencillamente perfectas

Marta dijo...

¿Perfectas las qué? Las dos becas colocadas en mis hombros, supongo :)