jueves, 11 de agosto de 2011

Estudiantes

El aburrimiento veraniego al que me veo sometida esta semana, que no tener ruido en casa se nota, me hace emocionarme con cualquier mensaje al móvil y más, cuando dice algo así: "Reserva 14,30h Residencia de Estudiantes. Parada Gta Gregorio Marañón". Es decir, voy a descubrir otro sitio de Madrid.

La visita a la Residencia de Estudiantes del CSIC ha sido bastante rápida. Es lo que tiene el agosto madrileño, que vacía la capital y echa el cierre de la mitad de sus locales. Jardines frondosos por los que caminar y edificios renovados para ver por fuera, al menos hasta septiembre. Y como ya hemos hablado, mi tía Maritere y yo, de volver a curiosear, hoy sólo os aconsejaré sobre lo que he podido probar: el Restaurante. 

Un menú del día con tres primeros, dos segundos y dos postres a elegir con un precio muy asequible. No tiene carta, o al menos no la hemos visto, simplemente un menú para la comida y otro para la cena. Un sitio moderno, con grandes ventanas y una atención bastante ceremoniosa. Un precio muy asequible y un ambiente tranquilo. No sé cómo será en pleno curso universitario.

Pero lo que yo quería enseñaros, -que al final me lío y mira que yo no tenía ganas de escribir mucho-, son unas palabras impresas en la primera hoja de un pequeño libro sobre la Residencia y que me han gustado mucho. Yo tengo mi experiencia argentina en este tipo de alojamientos, aunque supongo que el ambiente en los años en los que la Generación del 27 se alojaba en estas habitaciones es muy distinto del que existirá hoy en día. Aún así, algo de propio encuentro.

Las noches son de un silencio absoluto. En un cuarto se "hace" medicina; en otro, cálculo infinitesimal; en otro, legislación; en otro, historia; en otro, caminos, puentes, hacia la eternidad, versos.
José Moreno Vila, "La Residencia", Residencia, Año 1, Núm 1, 1926


Pepín Bello, Federico García Lorca, Emilio Prados y Juan Vincens en una habtiación  de la Residencia en 1924.

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