martes, 5 de julio de 2011

El daño de Starbucks y derivados

¡Qué daño más grande ha hecho Starbucks a este nuestro continente! ¡Y yo sin querer admitirlo! Mira que me quejo de la tontería moderna de llevar un traductor por diputado al Congreso; un gasto innecesario, pero que cada vez tiene más seguidores. Habría que descontárselo a cada uno del sueldo, a ver si les seguía pareciendo igual de imprescindible. Aunque es mejor no entrar ni en el tema, que llegan los madrileños y se nos ponen chulos, -algo que el tópico ya nos dice que no hace falta ni que se pongan para conseguirlo-, y piden un jamón en pago por la discriminación que sufren. Como sólo hablan el castellano no necesitan traducción y claro, gastan menos. Habrá que compensar la falta, y no ahorrando no, poniéndose a nivel. Si al final, me caliento.

El mal de esta cadena norteamericana de café me lo ha descubierto una compañera de trabajo, igual de aficionada que yo al House Blend
marca de la casa. Mar, vía mail, ha querido amenizarme una mañana más entre oficios y terceras demandas, con una verdad gráfica. Y yo, comparto.

Pero el problema al que nos enfrentamos, o al que se enfrenta la pobre camarera en realidad, no es exclusivo de los Eurodiputados, sino de todo ciudadano que no haya crecido con un tamagotchi en la mano. Ahí pongo el límite generacional. Cuando mi madre, por ejemplo, se acerca tímidamente a la barra de uno de los establecimientos de Starbucks, tiembla. A veces hasta se ahorra el disgusto y me manda directamente a mí, o acaba rogándole a la camarera que haga lo que le de la gana con su café, pero que esté caliente y dulce. No cree que tantas preguntas como le hacen quepan dentro de un tall frapuccino de caramelo, así que deja hacer y confía. Mi padre, sin embargo, prefiere no complicarse: cualquier cosa embotellada que tenga un envoltorio estridente, un color apetecible y se encuentre en la nevera en la que él puede decidirse qué tomar. Se ahorra pesados interrogatorios. Otros como mi tía, prefieren decir "lo que tú creas" y darte un billete para que pagues. Y es que las colas de gente en Starbucks se forman por eso, por la de adornos que uno puede ponerle a 25 mililitros de café. 
Ahora bien, yo me he dado cuenta de varias cosas gracias a este gráfico: 

1. El peligro de que todo ciudadano demande a partir de ahora un traductor para pedir lo que desea en cualquier restaurante, porque lo de poner toppings, elegir tamaños y añadir siropes
se está poniendo muy de moda. El gasto aumentaría, los diputados querrían distinguirse de los demás y solicitarían alguna otra extravagancia, como un mono haciendo malabares. Consecuencia: más gasto público.

2. La camarera que vemos en la fotografía es periodista: no trabaja de lo suyo y seguro que está cobrando un sueldo irrisorio en comparación con el volumen de trabajo al que hace frente, y lo que tiene que aguantar de cada uno ni me lo imagino. Además, si os fijáis, sujeta la libreta y el bolígrafo para notas de una forma muy profesional.

3. El Eurodiputado que ha pedido Vodka para comenzar la reunión ya sabemos de dónde es. Y no, acordaros de que Rusia aún no forma parte de la Unión Europea. Está sentado de lado y ya ve lo que se le viene encima para 2011, así que borracho, mucho mejor. ¿Apostamos?

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