lunes, 13 de junio de 2011

Higiene

Definitivamente, hoy he llegado a la conclusión de que, por mucho que nos intenten convencer, un hospital no es sinónimo de higiene. Mi llegada a la Habitación 409 para acompañar a, llamémosla "Señorita que no aparenta tal edad", según el enfermero post-operación y por confidencialidad del paciente, coincidía con la hora de la comida. Después de trabajar, una tiene la sensación de que ha estado prisionera durante quince días a base de agua y manzanas.

Mi madre, mi hermano y yo bajamos a la segunda planta donde dicen, nos darán de comer. De camino al ascensor, porque ese hambre que traes te impide bajar (que no subir), dos míseros pisos, te das cuenta de la seriedad con la que se tomaron en el mundo de la Sanidad lo de la gripe A. Cada dos habitaciones, un dispensador de gel de manos. Bien, pues a la señora de la cafetería la contrataron más tarde y no le enseñaron esa normativa. 

Ella pregunta por la bebida. Tres refrescos. Dos estornudos. Pregunta por la comida. Bocadillo de tortilla y otro de lomo. Tercer estornudo. Muy amable la mujer, me dice: te pongo unas patatas mientras esperáis la comida, guapa. Pues sí, imaginároslo. La señora, muy educada, se tapó la boca con la mano al estornudar. La misma con la que nos sirvió la ración de patatas. Esto se llama una "eficaz campaña de comunicación interna entre los empleados". Pero para asegurarse, ya de fijo, que íbamos a probar sus miasmas, decide estabilizar los bocadillos en el miniplato con esa misma mano. Ella es diestra y punto pelota. Para todo.

Menos mal que la gracia de mi hermano, colocándose en posición y preguntando cuántos centímetros había dilatado, o haciendo teatrillo con la cuña donde los varones orinan, (sí, también ha utilizado las manos), nos ha hecho olvidar el posible contagio.


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