jueves, 24 de marzo de 2011

Noches Blancas

Era una noche prodigiosa, una noche que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido.
Noches Blancas (Belye Nochi)
Fiodor M.Dostoievski

Parecía una noche de verano. La mía, no la primera de la novela, que son un total de cuatro. Era jueves, ¡y salía! Hacía bastante que no practicaba eso de salir un día entre semana. Y durante el fin de semana también se me está olvidando. Tenía que ir en metro al centro, y había terminado mi último libro: Persuasión de Jane Austen. Vino conmigo a Buenos Aires y volvió, sin terminar. Ya era hora.

No tenía mucho tiempo para decidir qué libro iba a ser mi siguiente víctima. Con lo que me gusta a mí entretenerme en intentar adivinar cuál va a apetecerme. Pero me gustó la frase de la portada, la misma que os pongo arriba y con la que empieza esta pequeña historia de 1848. En la contraportada leí "desamor", pero ya estaba en la línea 10 camino de Príncipe Pío. No había posibilidad de cambio. E hice lo de siempre, leer la última frase del libro: "¡Dios mío!¡Todo un momento de felicidad!¡Sí!, ¿no es eso bastante para colmar una vida?..." Tengo esa manía.

Nástenka, a la que yo acentúo como quiero, es la protagonista. Ella se define como una "pobre desvalida", pero yo os aseguro que es lo que vulgarmente se dice una zorra. Ella, después de conseguir la atención del narrador protagonista (sin nombre) y enamorarle, con todo su descaro le entrega la mano por desamor. Muy digna se lo advierte. De la emoción, en menos de un capítulo construyen su vida juntos en las mismas calles de San Petesburgo. Pero en el último párrafo, se cruzan con el tercero en discordia, que sólo aparece en dos líneas. Y ¿qué hace ella? Le planta un beso y se escapa con este otro, tan pichi. Pero que conste que ella es muy inocente. Reconoce lo que eres Nástenka, no tengas cara. La modestia de la época no es excusa.

Al menos sí es cierto que tiene una virtud, y es que la parte en la que a ella era la narradora se digería bien, porque cuando le tocada al joven Dostoievski quería tirarme de los pelos. Era como beber una Guinness, bastante espeso.

Si ya lo sabía yo, que a mí no me gustan los libros que se olvidan de la dedicatoria...

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