lunes, 29 de noviembre de 2010

Una mascota llamada Juan Carlos

Una nunca sabe lo que se va a encontrar, o si una escapada ya ha terminado o aún queda algo por ver. Filosofía barata y que oímos mil veces sí, pero aplicable a mi estancia en Argentina. 


Uno de los muchos episodios de los que hablo es la mañana en la que conocí a Juan Carlos. Y no estoy hablando del Rey, por mucho que él también pasase unos días en Mar del Plata, compartiendo discursos con la Kirchner. Se trata de un lobo marino, o león, nunca me entero de cuál es la diferencia entre ellos.

Ya habíamos dado una vuelta por el puerto, cuando nos detuvimos a ver cómo recolectaban el pescado conseguido esa mañana. Por pararse cinco minutos, nada más. Por no meternos de nuevo en el coche, que ya teníamos el culo plano. La sorpresa fue darse la vuelta y conocer a la mascota de los pescadores, Juan Carlos, grandote y tranquilo. Educado, por cierto. Sabía cuando tenía que posar y cuando podía recostarse. Si llegaba un cajón de pescado, él se levantaba y esperaba hasta estar seguro de no estorbar. Y así, pasaba su mañana.








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