miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un retrato para la tìa

El otro día mi tía Pilar me escribió un mail, de esos que te cuentan el fin de semana en pocas líneas, y me comentó que le sorprendía que yo no hubiese escrito nada referente al video que otro de mis tíos, Hermenegildo, había realizado. Le dije que ya había hablado personalmente con él, pero hoy se me ha ocurrido enviarle este trabajo práctico que tuve que entregar para clase. Se trataba de aplicar las técnicas de narración explicadas para un retrato, por si algún día tenemos que incluir algo de color a nuestros textos informativos. ¡Ahí va!

- ¡Mamá! ¿quién se ha comido todos los bombones?
- Nadie hija.
- Sólo quedan dos en el bote.
- Pregúntale a tu hermano.

Jugar a la pelota con mi abuelo me empuja siempre a la merienda. Hoy quiero chocolate. Y eso que un pasillo de cinco metros no es una distancia para acabar exhausto. Además, no nos movemos. Mi abuelo se coloca en una esquina y yo en la otra, y el juego consiste en ver quién la cuela por la puerta. Siempre tengo que convencerle. Sólo diez tiros, me dice. Al final, le saco quince. Pero nunca consigo ganarle, a pesar de que sus pantalones de pana no le dejan moverse mucho y la sombra de un bastón empieza a posarse a su lado. Me gusta marcarle el primero, porque saco su acento andaluz: “ay, ¡me cachis!”. Y sonríe, a mí siempre me sonríe. Como ahora, que me llama con una mano y una mirada que le lleva desde sus casi ochenta años a los cinco, y a mí me encanta. Quiere darme la propina, doscientas pesetas. Mi abuelo es como un reloj. Desde que le conozco siempre ha llevado el mismo, aunque no se si es él quien vigila que no se retrasen ni un minuto las agujas. Y ya es la hora. Rebusca en el bolsillo y mientras saca las monedas, se le caen un par de envoltorios rojos de Nestlé. Yo pongo la mano y la complicidad. Mi abuelo, el secreto.

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