viernes, 15 de octubre de 2010

Puerto Madryn

En la provincia de Chubut, en la costa del Golfo Nuevo, se sitúa la ciudad de Puerto Madryn. Tras pasar unos días en Comodoro, decidí coger la mochila y hacer una escapada express de apenas 24 horas para ver las ballenas. Esto fue el domingo de madrugada, tras un asado exquisito en casa de Juani y recorrer los cerros en la Toyota de Claudio. El lunes por la noche estaría volviendo a Comodoro, con una bandeja llena de "sobras".

Puerto Madryn es un destino vacacional importante en Argentina, gracias a la calidad de sus playas enmarcadas por una gran avenida costanera arbolada. Pero el atractivo por el que yo fuí, es que recibe la visita periódica de las ballenas francas del sur, que llegan a finales de junio para aparearse y dar a luz. Se instalan allí atraídas por el placton y la agradable temperatura del agua. Los machos miden unos 10 metros y pesan cerca de 8 toneladas y las hembras, algo más pequeñas, se aparean con varios de ellos y, después de un año de gestación, nace la cría. Como podéis ver, ellas no son tontas y se prueban a los chicos antes de elegir.

Cuando llegué demasiado temprano a la estación de autobuses, todas las excursiones a Puerto Pirámides en la Reserva de la Península de Valdés ya se habían marchado. Tenía dos opciones: o bien reservar una visita individual y pagar con uno de mis riñones, o bien perder el billete de vuelta y pagar el cambio en la hora de vuelta con medio riñón sólo, (además de llegar a Comodoro cerca de las 4am). Al final deseché ambas, y decidí irme a la playa a pensar y ver qué había por allí. Bien hecho. Lobos marinos buceando en el puerto en busca de pulpos y demás pescados, y una estación de remises (taxi) en la que yo me sitúe en busca de alguien que compartiese el gasto hasta la Playa del Doradillo, alternativa nada despreciable a la península.

Y la encontré, Eva y Humberto, una pareja de jubilados de la Córdoba argentina, que acabaron dándome las gracias por darles la idea y yo a ellos, por ser convencidos y conseguir acompañantes que pagaran ese remis a medias. Veinte minutos después, yo ya estaba disparando con mi cámara a todo movimiento animal en el agua.

A pesar de creer que me había perdido lo mejor al no poder hacer el avistaje en barco, todos los que allí me encontraba me advertieron de que ésto era mucho mejor, ya que podías ver más de una ballena, que es lo que vieron ellos el día que lo hicieron. Increíble tener algo así a menos de 20 metros y pensar que puedes meterte en el agua y llegar hasta ellas, por mucho que te recomienden quedarte quieta en la orilla.

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