martes, 20 de abril de 2010

Cuándo es la hora de irse a la cama

Remolonear. Nadie te ha enseñado a hacerlo, pero es algo que todos aprendemos y perfeccionamos con la edad.

La primera vez que lo pones en práctica es por instinto, y ni te acuerdas, te lo tienen que contar. Sentada en la trona, pruebas a ver qué pasa si el potito de frutas, (siempre con plátano, por supuesto), se lo come tu madre. Ella insiste en que lo vas a disfrutar con cada cucharada. Pero tú, con apenas dos años y una generosidad desbordante, piensas: "pues venga mami, disfruta tú. Te quiero tanto que no encuentro mejor regalo esta tarde que mi sabrosa merienda". No funciona, pero no te rindes. Dos patadas, la mano al cuenco, una gracia...y consigues que tu querida madre se haya comido dos de tus cucharadas. Ya irás perfeccionando la técnica y conseguirás que un día se empache tanto, que se le quiten las ganas de triturar tanto popurri de frutas.

Y en esto, llega el colegio y las 21h como límite para irse a la cama. Pero ya tienes tanta práctica, que podrías escribir un libro infantil para las futuras generaciones. Niños normales, no como tu hermano que se pone el despertador para acostarse, mientras tú empiezas a buscar centros de investigación para especies exóticas como éstas.

Primero un beso a mamá, luego vas a buscar a papá para darle otro, y vuelves con mamá para el abrazo. Y así, un rato. Llegas al cuarto y solicitas, cual princesa, un vaso de agua. Unos minutos depués, bien estudiados, vuelves a llamar para que cierren la habitación de trastos pero, otra vez con tanta generosidad, que les ahorras un viaje y les pides otro vaso de agua. No sabes si eres diabética, pero sigues teniendo sed. Al final, acabas cansada tú, cansando a tus padres y durmiendo sin darte cuenta.

Abril 2010. Universitaria de 23 años. ¡Por fin! Ya puedes remolonear con toda tranquilidad. Saturada de una semana eterna, decides que ese viernes te quedas en casa y te lo dedicas a tí misma: helado, cereales, el libro que te ha enganchado (uno más) y una película. ¿Y qué haces? Pues eso, remolonear. Es una actitud tan interiorizada que ya no eres la misma si no la prácticas, al menos, una vez al día. Te dices que son tres minutos, un par de e-mails y un repaso rápido a la actualidad que tienes aparcada. ¡Ay ilusa! Acabas a las 2 am, aún pegada a la agenda y poniendo en orden tus tareas para mañana.

Miras la cama con ojos consumidos por el deseo. Pero has de hacer honor a todo el conocimiento acumulado y te vas a lavar la cara, echarte crema, cepillarte los dientes...y, de repente, te quedas horrorizada y te das cuenta de que todo tiene un límite. Incluso el posponer las horas de sueño. El cepillo de dientes de tu hermano, (que de forma autónoma dejó sus prácticas infantiles y ahora está de fiesta), no sabes cómo, pero ha acabado dentro de tu boca. Ya no tienes fuerzas ni para gritar del asco y no hay marcha atrás, vas por el Oraldine.

Sí, es el momento definitivo de irse a la cama, intentar dejar esa manía tuya de remolonear, (sí, ahora es una manía de la que no me siento para nada orgullosa) y obligarte a repasar los colores mañana: el azul marino es más oscuro que el turquesa, y los matices perfectamente distinguibles. Esta tarde tengo un examen y yo, sigo aquí, remoloneando con el último tema. Pero prometo que ahora miro dos veces antes de empezar mi limpieza bucal.

0 comentarios: