lunes, 27 de octubre de 2008

Siroco en la cocina

Hace ya tiempo, prometí escribir acerca del pequeño episodio que tuve el dudoso "placer" de protagonizar en mi propia cocina parisina. Yo ya lo había intentado todo para que mis colocataires comenzasen a practicar la "muy desconocida" separación de basura. Les expliqué lo de los "plastiquitos", los "cristalitos"...e incluso hice la pequeña matización acerca de la tapa de los yogures. (Ya sabeis, eso de que el recipiente va en la bolsa amarilla, pero la tapa...¡ay la tapa! Esto no podía ser tan fácil, la tapa va en la bolsa de basura normal. Cierto, nunca me ha quedado clara la razón, pero a mi casa llegó una vez un artículo sacado de Internet (¿de dónde si no?) que eso era lo correcto, y para mí lo que dice Internet...).

Pues no hay manera. Compramos dos cubos de basura, uno para utilizarlo y el otro para exponerlo. Queda muy mono la verdad, el rojo da un poco de personalidad a la cocina. Y prometo que lo intenté, puse dos cartelitos monísimos en ellos, indicando cuál sería cada uno de los cubos. Incluso lo hice para mentes sencillas:

- Pegatina naranja = Orgánico.


- Pegatina amarilla = Reciclaje.

¡Encima educando!

A pesar de mi insistencia, abro el armario de debajo del fregadero (¡maldito armario!...creo que me odia) con la intención de tirar un "algo" y ¡ZAS! Casi me da un chungo...¿qué estaba pasando? Pues ¡qué había sorpresa!. No dare detalles, pero fuera de la bolsa y en el fondo teníamos: Muslos de pollo de plato principal y melocotones de postre, todo ello recubierto de un sirope de fresas de no se cuánto tiempo, que ocupaba (y no exagero) un cuarto del cubo...¡y en el de reciclaje!
Después del ataque de arcadas me dispuse a recoger aquello por la simple salubridad del piso en general. Fregaba y fregaba, ¡pero nada! Aquello seguía allí. Mi última esperanza...Airear. Ya me conoceis, yo todo lo aireo. Medio cuerpo fuera de la ventana con el cubo en una mano, mientras que con la otra, a modo de abanico, intentaba que entrase el mayor aire posible. No se ni para qué coño servía lo que estaba haciendo y lo que pensasen los vecinos en ese momento era lo que menos me importaba. Yo seguía ahí, en mi ventanita del salón, aireando. Y un mes después puedo asegurar, que el dichoso olor...¡se fue!.

0 comentarios: